El ciclo de la vida a través de las emociones
- Psicología, Reflexiones, ideas y obsesiones varias -
Confieso : soy como soy

Tengo un problema, seguramente un problema grave; me entusiasmo enseguida con las cosas, todo me interesa, demasiados temas, proyectos, ofertas y propuestas despiertan mi interés, captan toda mi atención.
Entonces me implico hasta el fondo, pienso en ello, lo reflexiono, le doy forma, me enamoro de lo que esté preparando, incluso mirado desde fuera me flipo, lo doy todo… y de repente tengo que parar.
Ya no puedo más.
Necesito respirar, distanciarme, aislarme o incluso dejarlo un tiempo hasta que … no sé qué tiene que pasar pero me tengo que recolocar para volver a emprenderlo.
Siempre he funcionado así, no tengo recuerdos de mi misma no funcionando de esta manera.
Me emociono, arranco rápidamente y con una fuerza de veces descontrolada y freno de golpe. Y no sabes cuántas veces me he castigado a mí misma por ser así: eres una inconstante, no tienes palabra ni compromiso, deberías (los terribles “deberías”) esforzarte más, deberías pensar las cosas dos veces antes de decir que sí, no sabes decir que no (¿quién dijo que quería decir que no?), pasas de todo y quedas mal en todas partes, no vales tanto como crees, y frases más terribles que no tengo ni ganas de escribir.
Son frases de auto boicot, de esta autoexigencia tan divertida que me acompaña por la vida y que no me deja ver la realidad de quien soy y sólo me enseña quién querría ser y no llego a ser.
Cada inicio de curso me apuntaría a tres o cuatro másters, empezaría a escribir dos libros y saldría adelante tres proyectos que me rondan por la cabeza desde hace años. Pero no soy lo suficientemente buena, no puedo hacer todo esto además de hacer todo lo que estoy haciendo ya.
Y me frustro, hay momentos en que la frustración me gana la partida y reculo, me lamento miserablemente unas horas y vuelvo a poner en marcha el motor del entusiasmo, a hacer la cantidad de cosas que hago cada día.
Cuántas veces he pensado que quisiera encontrar el botón de off de mi pensamiento, parar un rato y que no entren nuevos pensamientos que me torturen. Sólo el mindfulness me ha liberado de mi cabeza un poco, lo recomiendo a todo el mundo. Bueno, el mindfulness y la natación, claro.
Y después levanto la cabeza de mi mesa y miro la pared de la consulta llena de certificados y títulos y, a través de los ojos de quien lo observa y me dice “Ala, cuántos títulos, sí que has hecho cosas”, lo veo todo diferente.
Si miro atrás he hecho muchas cosas a lo largo de mi vida, no haremos aquí la lista pero cuando la cuento a alguien veo caras de sorpresa y admiración. Si pienso en todo lo que he iniciado y ha salido bien, en todo lo que estoy haciendo en la actualidad, tanto a nivel personal como profesional, y sigo con empuje simplemente porque me gusta y me lo paso bien, o porque es mi obligación y me gusta cumplir, entonces mi desespero afloja y me regalo un poco de mérito. Sólo un poco, no sea …
Con la edad una ha aprendido a conocerse un poco y sobre todo a aceptarse. Durante demasiado tiempo me he censurado por necesitar momentos de paz, de soledad, de inactividad, de perder el tiempo, en vez de preguntarme por qué los necesito, por qué lo hago.
Ponerle nombre a lo que te pasa no cambia nada ni lo soluciona, si es que se tiene que solucionar algo, pero sí tranquiliza y ayuda a aceptar. Porque te entiendes, porque lo compartes y lo cuentas, le das un marco y un significado que están lejos del auto castigo.
Los psicólogos, con nuestro afán de entenderlo y explicarlo todo del ser humano, lo llamamos normalizar. Pero es que es verdad, caray, cuando entiendes lo que te pasa y ves que no eres la única persona del mundo que se siente así y que encima no estás haciendo nada malo sino que simplemente eres así, con su parte buena y la su parte inconveniente y molesta, te liberas de esta vocecita interior más rápidamente, aprendes a mirarte con mejores ojos y no ser tan dura contigo misma, a apreciar lo que tu peculiaridad te aporta y tener la paciencia de saber esperar cuando tu forma de ser te hace sufrir, te satura y te detiene.
Saber que soy una persona con alta sensibilidad, una PAS, me ha liberado y me ayuda a explicar como soy, a proporcionarme lo que necesito y no castigarme cuando tengo que parar.
No paso de las cosas que empiezo, pero a veces no puedo seguir el ritmo con el que empiezo y necesito más tiempo para seguir adelante. Al final, lo acabaré haciendo, no hay que preocuparse. No he desactivado las notificaciones y los avisos de mi teléfono móvil porque soy una antisocial que no quiere ser molestada, sólo es que no quiero que me distraigan mensajes y sonidos que vienen del aparato que me conecta con el mundo, ya decidiré yo cuando salgo al mundo a mirar.
No es que no quiera hablar contigo ni pase de lo que te preocupa porque no te estoy llamando o enviando mensajes constantemente, o no conteste inmediatamente cuando tú me dices algo, es que hay muchas veces en que no puedo conmigo misma y mucho menos puedo estar pendiente de ti.
A veces simplemente necesito estar sola.
Y las cosas que me dan pereza, que no me motivan o no me interesan, tardo una eternidad en hacerlas; no es que pase, es que el esfuerzo mental que requieren me desgasta hasta un punto que no te puedes ni imaginar, y ahora sé que consumo demasiada energía en mi cabeza como para llegar a todas partes, me saturo con facilidad.
Pero al mismo tiempo lo termino haciendo todo, porque me lo exijo, y cumplo con creces lo que me propongo, porque me esfuerzo.
Soy las dos personas a la vez, y ahora ya no me odio por serlo, al contrario, ahora celebro el don que tengo por ser una persona con alta sensibilidad.

Cada vez hay más personas que descubren que viven con un rasgo de personalidad llamado Alta Sensibilidad . Un rasgo que no es ningún diagnóstico, pero que puede influir profundamente en la forma en que percibimos el mundo, las relaciones e incluso nuestra salud emocional. Una de las primeras cosas que exploramos es lo que llamo “Las cuatro tareas de las personas con Alta Sensibilidad (PAS)”, un recorrido que muchas personas realizan cuando descubren este rasgo: 1. Aceptar el rasgo y obtener toda la información posible sobre él. 2. Reescribir la propia vida desde esta nueva mirada. 3. Adaptar la vida actual a la propia manera de ser, equilibrando necesidades internas con las demandas externas. 4. Buscar conexiones auténticas, crear red con personas afines y sentirse comprendido. Este proceso no solo es útil para quienes tienen este rasgo, sino también para todas las personas que conviven, trabajan o quieren a alguien con Alta Sensibilidad. En uno de los últimos talleres de la Comunidad PAS nos centramos en trabajar especialmente dos aspectos: Cómo nos afectan las etiquetas sociales, tanto si son positivas como negativas. Y cómo encontrar una respuesta clara ante situaciones que nos han herido, sin necesidad de justificar constantemente nuestra forma de ser. Una de las frases que más resonó aquel día fue: “Soy sensible, sí. ¿Y qué?” Una afirmación que rompe estigmas e invita al respeto. y también reflexionamos sobre el estilo de vida que llevamos: ¿Estamos expuestos a demasiados estímulos? ¿Nos falta espacio de calma? ¿Mantenemos relaciones que nos desgastan? Son preguntas que pueden ayudarnos a todos, tengamos o no este rasgo, porque nos invitan a revisar cómo nos cuidamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Próximo Taller Presencial en Barcelona Se acerca el próximo taller, dirigido tanto a personas con Alta Sensibilidad como a personas interesadas en conocer mejor este rasgo, será presencial en Barcelona. En un espacio íntimo, reflexivo y práctico, trabajaremos para entender mejor cómo afecta la alta sensibilidad a las dinámicas familiares y cómo podemos mejorarlas. Además, puedes venir acompañado de un familiar, ya que hablaremos de vínculos, comprensión mutua y formas de convivir desde el respeto y la sensibilidad. 📍 Taller PAS – Sábado 21 de febrero en Barcelona (de 10 a 12:30 h) 📍 Lugar: Carrer de la Gleva, 3 – Barcelona (cerca de Plaça Molina) 🕓 Plazas muy limitadas – Inscripciones abiertas en el siguiente enlace: TALLER PAS Gracias por estar aquí y por querer mirar el mundo con más empatía, información y conciencia.

Vivimos en un mundo atravesado por emergencias globales que afectan a muchas personas al mismo tiempo, y eso es innegable. La crisis climática, los conflictos armados, las pandemias o los desastres inesperados ya no son hechos lejanos: entran en nuestros hogares a través de las noticias, las redes sociales e incluso de vivencias directas. En este contexto, cada vez se habla más del trauma colectivo o trauma compartido: un impacto emocional que no afecta solo a individuos de forma aislada, sino que golpea de lleno a comunidades enteras. Este tipo de trauma no implica necesariamente haber vivido el acontecimiento en primera persona. Saber que “eso ha pasado”, identificarse con lo ocurrido, reconocerse en ello o sentir que podría haber sucedido cerca, genera miedo, vulnerabilidad y una sensación de pérdida de seguridad. A nivel de salud mental, esto puede traducirse en ansiedad, tristeza, hipervigilancia, dificultades para dormir o una percepción del futuro marcada por la incertidumbre. La reciente tragedia ocurrida estas Navidades en un local de ocio en Suiza, con la muerte de numerosos jóvenes, es un ejemplo estremecedor. Más allá del dolor de las familias y de la comunidad directamente afectada, muchas otras personas, especialmente jóvenes, pueden experimentar un fuerte impacto emocional: es fácil que se produzca una identificación lógica con las víctimas y que, a partir de este momento, sientan un mayor miedo a salir, se sientan inseguros en ciertos espacios cerrados o experimenten una sensación de injusticia difícil de digerir. Es importante diferenciar entre una reacción emocional normal y un trastorno. Ante hechos de esta magnitud, sentirse conmocionado, triste o inquieto es esperable y saludable. Hablamos de trastorno cuando estas reacciones se intensifican, se cronifican o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana : hablamos entonces de una incapacidad para funcionar, de una evitación persistente, de revivir constantemente el suceso o de un profundo malestar emocional sostenido. Reconocer el trauma colectivo no significa patologizar el dolor, sino legitimarlo. Y también es importante recordar que la salud mental no es solo individual: se construye y se repara en comunidad. En un mundo sacudido por grandes emergencias, el cuidado emocional es, cada vez más, una responsabilidad compartida.
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Cada vez hay más personas que descubren que viven con un rasgo de personalidad llamado Alta Sensibilidad . Un rasgo que no es ningún diagnóstico, pero que puede influir profundamente en la forma en que percibimos el mundo, las relaciones e incluso nuestra salud emocional. Una de las primeras cosas que exploramos es lo que llamo “Las cuatro tareas de las personas con Alta Sensibilidad (PAS)”, un recorrido que muchas personas realizan cuando descubren este rasgo: 1. Aceptar el rasgo y obtener toda la información posible sobre él. 2. Reescribir la propia vida desde esta nueva mirada. 3. Adaptar la vida actual a la propia manera de ser, equilibrando necesidades internas con las demandas externas. 4. Buscar conexiones auténticas, crear red con personas afines y sentirse comprendido. Este proceso no solo es útil para quienes tienen este rasgo, sino también para todas las personas que conviven, trabajan o quieren a alguien con Alta Sensibilidad. En uno de los últimos talleres de la Comunidad PAS nos centramos en trabajar especialmente dos aspectos: Cómo nos afectan las etiquetas sociales, tanto si son positivas como negativas. Y cómo encontrar una respuesta clara ante situaciones que nos han herido, sin necesidad de justificar constantemente nuestra forma de ser. Una de las frases que más resonó aquel día fue: “Soy sensible, sí. ¿Y qué?” Una afirmación que rompe estigmas e invita al respeto. y también reflexionamos sobre el estilo de vida que llevamos: ¿Estamos expuestos a demasiados estímulos? ¿Nos falta espacio de calma? ¿Mantenemos relaciones que nos desgastan? Son preguntas que pueden ayudarnos a todos, tengamos o no este rasgo, porque nos invitan a revisar cómo nos cuidamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Próximo Taller Presencial en Barcelona Se acerca el próximo taller, dirigido tanto a personas con Alta Sensibilidad como a personas interesadas en conocer mejor este rasgo, será presencial en Barcelona. En un espacio íntimo, reflexivo y práctico, trabajaremos para entender mejor cómo afecta la alta sensibilidad a las dinámicas familiares y cómo podemos mejorarlas. Además, puedes venir acompañado de un familiar, ya que hablaremos de vínculos, comprensión mutua y formas de convivir desde el respeto y la sensibilidad. 📍 Taller PAS – Sábado 21 de febrero en Barcelona (de 10 a 12:30 h) 📍 Lugar: Carrer de la Gleva, 3 – Barcelona (cerca de Plaça Molina) 🕓 Plazas muy limitadas – Inscripciones abiertas en el siguiente enlace: TALLER PAS Gracias por estar aquí y por querer mirar el mundo con más empatía, información y conciencia.

Vivimos en un mundo atravesado por emergencias globales que afectan a muchas personas al mismo tiempo, y eso es innegable. La crisis climática, los conflictos armados, las pandemias o los desastres inesperados ya no son hechos lejanos: entran en nuestros hogares a través de las noticias, las redes sociales e incluso de vivencias directas. En este contexto, cada vez se habla más del trauma colectivo o trauma compartido: un impacto emocional que no afecta solo a individuos de forma aislada, sino que golpea de lleno a comunidades enteras. Este tipo de trauma no implica necesariamente haber vivido el acontecimiento en primera persona. Saber que “eso ha pasado”, identificarse con lo ocurrido, reconocerse en ello o sentir que podría haber sucedido cerca, genera miedo, vulnerabilidad y una sensación de pérdida de seguridad. A nivel de salud mental, esto puede traducirse en ansiedad, tristeza, hipervigilancia, dificultades para dormir o una percepción del futuro marcada por la incertidumbre. La reciente tragedia ocurrida estas Navidades en un local de ocio en Suiza, con la muerte de numerosos jóvenes, es un ejemplo estremecedor. Más allá del dolor de las familias y de la comunidad directamente afectada, muchas otras personas, especialmente jóvenes, pueden experimentar un fuerte impacto emocional: es fácil que se produzca una identificación lógica con las víctimas y que, a partir de este momento, sientan un mayor miedo a salir, se sientan inseguros en ciertos espacios cerrados o experimenten una sensación de injusticia difícil de digerir. Es importante diferenciar entre una reacción emocional normal y un trastorno. Ante hechos de esta magnitud, sentirse conmocionado, triste o inquieto es esperable y saludable. Hablamos de trastorno cuando estas reacciones se intensifican, se cronifican o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana : hablamos entonces de una incapacidad para funcionar, de una evitación persistente, de revivir constantemente el suceso o de un profundo malestar emocional sostenido. Reconocer el trauma colectivo no significa patologizar el dolor, sino legitimarlo. Y también es importante recordar que la salud mental no es solo individual: se construye y se repara en comunidad. En un mundo sacudido por grandes emergencias, el cuidado emocional es, cada vez más, una responsabilidad compartida.




























