El ciclo de la vida a través de las emociones
Móviles y aburrimiento

Estos últimos meses ha vuelto al debate público la propuesta de prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Más allá de la medida concreta, la pregunta de fondo es profunda:
¿qué está pasando con nuestra relación con las pantallas?
Diversos estudios han alertado de que el uso intensivo de las redes sociales se asocia con más síntomas de ansiedad y depresión en adolescentes. Una revisión publicada en The Lancet Child & Adolescent Health (2019) ya mostraba una relación significativa, aunque compleja y multifactorial, entre un tiempo de pantalla elevado y un mayor malestar psicológico.
En 2023, el Advisory del Surgeon General de EE. UU., la máxima autoridad federal en materia de salud pública del país advirtió de que el uso excesivo de redes puede incrementar la vulnerabilidad emocional en jóvenes, especialmente en chicas.
Pero hay un elemento menos visible y también muy relevante, porque va asociado al uso masivo de los dispositivos móviles: la disminución de la tolerancia al aburrimiento.
El aburrimiento no es un enemigo; es un espacio mental necesario.
Es en estos momentos vacíos cuando el cerebro activa la red por defecto, vinculada a la reflexión interna, la creatividad y la construcción de significado. Si cada microsegundo libre lo llenamos con estímulos rápidos, el cerebro se acostumbra a la gratificación inmediata y le cuesta sostener la espera, la frustración o el silencio. Y deja de crear, de imaginar, de buscar alternativas sorprendentes, algo que es fatal para el cerebro.
En consulta lo veo a menudo: adolescentes que no pueden estar solos sin estímulo externo o que sienten una inquietud intensa cuando no hay notificaciones. Pero también adultos que, en una conversación presencial, consultan el móvil casi de manera automática.
La presencialidad se fragmenta.
La mente también.
Este patrón tiene impacto en la regulación emocional. Cuando cada emoción incómoda puede anestesiarse con scroll infinito, disminuye la práctica de gestionarla internamente.
La ansiedad no se aprende a tolerar; se evita.
Y aquello que evitamos, a menudo crece.
Prohibir puede ser una medida de protección, pero no es suficiente.
El reto es educativo y cultural.
Necesitamos recuperar la capacidad de estar, de aburrirnos, de pensar con profundidad.
Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea estar conectados, sino poder dejar el móvil sobre la mesa y sostener la conversación, el silencio o el propio pensamiento sin huir de ello.


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