El ciclo de la vida a través de las emociones

- Psicología, Reflexiones, ideas y obsesiones varias - 

Vivir con la incertidumbre

En momentos como los que estamos viviendo, con tensiones políticas, guerras que parecen lejanas pero que nos llegan a través de las pantallas, cambios económicos y una sensación general de inestabilidad, muchas personas experimentan una emoción compartida: la incertidumbre. Y la incertidumbre es uno de los estados psicológicos más difíciles de tolerar para el ser humano.


Nuestro cerebro está diseñado para predecir.

La sensación de control y previsibilidad nos da seguridad.

Cuando esta previsibilidad desaparece, el sistema de alarma interno se activa.


Diversos estudios en psicología del trauma muestran que la exposición constante a noticias alarmantes puede activar respuestas de estrés similares a las de las personas que han vivido acontecimientos traumáticos de manera directa.


Por ejemplo, una investigación publicada en el año 2014 observó que, después de los atentados de Boston, las personas que consumieron muchas horas de cobertura mediática mostraron niveles de estrés agudo comparables a los de personas que habían estado expuestas directamente a los hechos.


Como psicóloga de emergencias, sé que el primer impacto de una crisis es emocional: miedo, impotencia, rabia o tristeza. Pero también he comprobado que las personas tenemos una gran capacidad de adaptación cuando entendemos qué nos está pasando.


Cuando el mundo parece temblar, hay algunas cosas que pueden ayudarnos a mantenernos estables.


La primera es regular la información. Estar informados es importante, pero la sobreexposición a noticias puede alimentar la ansiedad. Limitar los momentos del día en los que consultamos la actualidad es una forma sana de proteger nuestro sistema nervioso.


La segunda es volver a lo que sí depende de nosotros: cuidar los vínculos, mantener rutinas, participar en la sociedad, ayudar a otras personas o implicarnos en causas que consideramos justas.


La tercera es cuidar el cuerpo y las emociones. Dormir, moverse, hablar con personas de confianza o tener momentos de silencio son formas sencillas pero muy potentes de regular el estrés.


Quizá no tenemos poder para decidir hacia dónde va el mundo.


Pero sí tenemos poder para decidir cómo nos cuidamos, cómo cuidamos a los demás y cómo queremos vivir mientras el mundo continúa moviéndose bajo nuestros pies.


Y, a veces, ese es el poder más importante.

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Cada vez hay más personas que descubren que viven con un rasgo de personalidad llamado Alta Sensibilidad . Un rasgo que no es ningún diagnóstico, pero que puede influir profundamente en la forma en que percibimos el mundo, las relaciones e incluso nuestra salud emocional. Una de las primeras cosas que exploramos es lo que llamo “Las cuatro tareas de las personas con Alta Sensibilidad (PAS)”, un recorrido que muchas personas realizan cuando descubren este rasgo: 1. Aceptar el rasgo y obtener toda la información posible sobre él. 2. Reescribir la propia vida desde esta nueva mirada. 3. Adaptar la vida actual a la propia manera de ser, equilibrando necesidades internas con las demandas externas. 4. Buscar conexiones auténticas, crear red con personas afines y sentirse comprendido. Este proceso no solo es útil para quienes tienen este rasgo, sino también para todas las personas que conviven, trabajan o quieren a alguien con Alta Sensibilidad. En uno de los últimos talleres de la Comunidad PAS nos centramos en trabajar especialmente dos aspectos: Cómo nos afectan las etiquetas sociales, tanto si son positivas como negativas. Y cómo encontrar una respuesta clara ante situaciones que nos han herido, sin necesidad de justificar constantemente nuestra forma de ser. Una de las frases que más resonó aquel día fue: “Soy sensible, sí. ¿Y qué?” Una afirmación que rompe estigmas e invita al respeto. y también reflexionamos sobre el estilo de vida que llevamos: ¿Estamos expuestos a demasiados estímulos? ¿Nos falta espacio de calma? ¿Mantenemos relaciones que nos desgastan? Son preguntas que pueden ayudarnos a todos, tengamos o no este rasgo, porque nos invitan a revisar cómo nos cuidamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Próximo Taller Presencial en Barcelona Se acerca el próximo taller, dirigido tanto a personas con Alta Sensibilidad como a personas interesadas en conocer mejor este rasgo, será presencial en Barcelona. En un espacio íntimo, reflexivo y práctico, trabajaremos para entender mejor cómo afecta la alta sensibilidad a las dinámicas familiares y cómo podemos mejorarlas. Además, puedes venir acompañado de un familiar, ya que hablaremos de vínculos, comprensión mutua y formas de convivir desde el respeto y la sensibilidad. 📍 Taller PAS – Sábado 21 de febrero en Barcelona (de 10 a 12:30 h) 📍 Lugar: Carrer de la Gleva, 3 – Barcelona (cerca de Plaça Molina) 🕓 Plazas muy limitadas – Inscripciones abiertas en el siguiente enlace: TALLER PAS Gracias por estar aquí y por querer mirar el mundo con más empatía, información y conciencia.
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Vivimos en un mundo atravesado por emergencias globales que afectan a muchas personas al mismo tiempo, y eso es innegable. La crisis climática, los conflictos armados, las pandemias o los desastres inesperados ya no son hechos lejanos: entran en nuestros hogares a través de las noticias, las redes sociales e incluso de vivencias directas. En este contexto, cada vez se habla más del trauma colectivo o trauma compartido: un impacto emocional que no afecta solo a individuos de forma aislada, sino que golpea de lleno a comunidades enteras. Este tipo de trauma no implica necesariamente haber vivido el acontecimiento en primera persona. Saber que “eso ha pasado”, identificarse con lo ocurrido, reconocerse en ello o sentir que podría haber sucedido cerca, genera miedo, vulnerabilidad y una sensación de pérdida de seguridad. A nivel de salud mental, esto puede traducirse en ansiedad, tristeza, hipervigilancia, dificultades para dormir o una percepción del futuro marcada por la incertidumbre. La reciente tragedia ocurrida estas Navidades en un local de ocio en Suiza, con la muerte de numerosos jóvenes, es un ejemplo estremecedor. Más allá del dolor de las familias y de la comunidad directamente afectada, muchas otras personas, especialmente jóvenes, pueden experimentar un fuerte impacto emocional: es fácil que se produzca una identificación lógica con las víctimas y que, a partir de este momento, sientan un mayor miedo a salir, se sientan inseguros en ciertos espacios cerrados o experimenten una sensación de injusticia difícil de digerir. Es importante diferenciar entre una reacción emocional normal y un trastorno. Ante hechos de esta magnitud, sentirse conmocionado, triste o inquieto es esperable y saludable. Hablamos de trastorno cuando estas reacciones se intensifican, se cronifican o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana : hablamos entonces de una incapacidad para funcionar, de una evitación persistente, de revivir constantemente el suceso o de un profundo malestar emocional sostenido. Reconocer el trauma colectivo no significa patologizar el dolor, sino legitimarlo. Y también es importante recordar que la salud mental no es solo individual: se construye y se repara en comunidad. En un mundo sacudido por grandes emergencias, el cuidado emocional es, cada vez más, una responsabilidad compartida.
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