El ciclo de la vida a través de las emociones

- Psicología, Reflexiones, ideas y obsesiones varias - 

Pérdidas


Empiezo un blog hablando de perder, buenos augurios para un ente que acaba de nacer

No es la primera vez que abro un blog y lo dejo a medias, a veces me olvido y no soy capaz de recuperar la clave de acceso, otras veces ni recuerdo dónde lo abrí y otros simplemente me apetece dejarlo morir. Siempre, sin embargo, cuando abro un blog nuevo lo hago con la esperanza de que este es el definitivo, esta será la plataforma en la que podré expresarme y ser constante en mis ansias de escribir y compartir lo que pienso, lo que siento y lo que veo dando vueltas por el mundo. Este no es la excepción: lo traigo a la vida con el deseo de continuidad, sabiendo que, como todo y como todo el mundo, un día acabará.

Y me apetece hablar de pérdidas en esta inauguración formal.

La vida misma es una pérdida; nacemos para acabar muriendo, y en el camino vamos soltando lugares, personas, objetos, situaciones; pérdidas pequeñas, medianas y grandes que van configurando el poso de nuestra memoria, que nos van formando como la persona que somos actualmente. Somos el resultado de nuestras pérdidas. 

Aprendemos de todo lo que dejamos atrás, lo mantenemos presente mientras lo recordamos y esto condiciona nuestro presente y, sobre todo, nuestro futuro

Llenamos de significado un objeto o una persona, lo convertimos en importante para nuestra vida, nos acostumbramos a ella, a veces dejamos de darle la importancia que tiene por la misma presencia continuada y segura, y de repente aquello, o aquel alguien, desaparece de nuestra vida. 

Perder a personas es especialmente duro. 

El hueco que queda duele; cuanto más hemos querido más dolor sentimos al perder. Qué suerte haber podido vivir una experiencia enriquecedora con alguien, haber podido tener sensaciones únicas compartiendo un trozo de esta vida con una persona especial o haber aprendido cosas que ni podías imaginar gracias a haberte encontrado con aquella persona que te dado tanto. Pero qué duro dejar marchar todo ello sin alterarse.

A menudo me pregunto si perder a alguien es un hecho irreversible. 
Hay personas que no volverán nunca, porque han muerto. Esta pérdida es ciertamente irreversible, injusta, siempre fuera de tiempo, muchas veces imprevisible. Pero la mayoría de personas que perdemos no mueren, simplemente salen de nuestro camino para no volver a aparecer nunca más. 

Compañeros de estudios, amigos de la infancia, parejas, colegas de trabajo, gente que entra y sale de nuestra vida, que tiene importancia mientras está y que deja de tenerla cuando desaparece.

 Sé que la vida es eso, avanzar, cruzarse con personas, aprender de ellas, amarlas, divertirse con ellas, sufrirlas a veces, y dejarlas marchar. 

Tener alguien en nuestra vida es circunstancial, y cuando las circunstancias cambian se produce la pérdida, aunque a veces nos empeñamos en que no sea así. Entonces sufrimos, lloramos, nos resistimos. Porque perder duele. No duele por lo que se ha vivido, duele por lo que se deja de vivir, por los planes rotos, por el futuro que no será. Pensamos en todo lo que deberíamos podido hacer, o compartir, o decirnos, y ya no será posible, porque la hemos perdido.

Me gusta despedirme de la gente a la que quiero con un beso, un abrazo, una mirada cálida y una palabra agradable. Porque no sé si volveré a tener la oportunidad de hacerle saber que es importante para mí, que la quiero. 

Pienso que lo peor que me puede pasar es perder a alguien que no sabe la importancia que tiene para mí, que se vaya sin haberle podido transmitir que estoy agradecida de haber compartido ese tiempo con él o ella, que no tengo sitio para reproches ni resentimientos porque siempre tendrá un lugar único en mi vida y mi corazón.

Es cierto que perder duele, pero prefiero sentir el dolor de una pérdida que el vacío de no haber sentido nunca amor.
Por Anna Romeu Mateu 13 de febrero de 2026
Cada vez hay más personas que descubren que viven con un rasgo de personalidad llamado Alta Sensibilidad . Un rasgo que no es ningún diagnóstico, pero que puede influir profundamente en la forma en que percibimos el mundo, las relaciones e incluso nuestra salud emocional. Una de las primeras cosas que exploramos es lo que llamo “Las cuatro tareas de las personas con Alta Sensibilidad (PAS)”, un recorrido que muchas personas realizan cuando descubren este rasgo: 1. Aceptar el rasgo y obtener toda la información posible sobre él. 2. Reescribir la propia vida desde esta nueva mirada. 3. Adaptar la vida actual a la propia manera de ser, equilibrando necesidades internas con las demandas externas. 4. Buscar conexiones auténticas, crear red con personas afines y sentirse comprendido. Este proceso no solo es útil para quienes tienen este rasgo, sino también para todas las personas que conviven, trabajan o quieren a alguien con Alta Sensibilidad. En uno de los últimos talleres de la Comunidad PAS nos centramos en trabajar especialmente dos aspectos: Cómo nos afectan las etiquetas sociales, tanto si son positivas como negativas. Y cómo encontrar una respuesta clara ante situaciones que nos han herido, sin necesidad de justificar constantemente nuestra forma de ser. Una de las frases que más resonó aquel día fue: “Soy sensible, sí. ¿Y qué?” Una afirmación que rompe estigmas e invita al respeto. y también reflexionamos sobre el estilo de vida que llevamos: ¿Estamos expuestos a demasiados estímulos? ¿Nos falta espacio de calma? ¿Mantenemos relaciones que nos desgastan? Son preguntas que pueden ayudarnos a todos, tengamos o no este rasgo, porque nos invitan a revisar cómo nos cuidamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Próximo Taller Presencial en Barcelona Se acerca el próximo taller, dirigido tanto a personas con Alta Sensibilidad como a personas interesadas en conocer mejor este rasgo, será presencial en Barcelona. En un espacio íntimo, reflexivo y práctico, trabajaremos para entender mejor cómo afecta la alta sensibilidad a las dinámicas familiares y cómo podemos mejorarlas. Además, puedes venir acompañado de un familiar, ya que hablaremos de vínculos, comprensión mutua y formas de convivir desde el respeto y la sensibilidad. 📍 Taller PAS – Sábado 21 de febrero en Barcelona (de 10 a 12:30 h) 📍 Lugar: Carrer de la Gleva, 3 – Barcelona (cerca de Plaça Molina) 🕓 Plazas muy limitadas – Inscripciones abiertas en el siguiente enlace: TALLER PAS Gracias por estar aquí y por querer mirar el mundo con más empatía, información y conciencia.
Por Anna Romeu Mateu 23 de enero de 2026
Vivimos en un mundo atravesado por emergencias globales que afectan a muchas personas al mismo tiempo, y eso es innegable. La crisis climática, los conflictos armados, las pandemias o los desastres inesperados ya no son hechos lejanos: entran en nuestros hogares a través de las noticias, las redes sociales e incluso de vivencias directas. En este contexto, cada vez se habla más del trauma colectivo o trauma compartido: un impacto emocional que no afecta solo a individuos de forma aislada, sino que golpea de lleno a comunidades enteras. Este tipo de trauma no implica necesariamente haber vivido el acontecimiento en primera persona. Saber que “eso ha pasado”, identificarse con lo ocurrido, reconocerse en ello o sentir que podría haber sucedido cerca, genera miedo, vulnerabilidad y una sensación de pérdida de seguridad. A nivel de salud mental, esto puede traducirse en ansiedad, tristeza, hipervigilancia, dificultades para dormir o una percepción del futuro marcada por la incertidumbre. La reciente tragedia ocurrida estas Navidades en un local de ocio en Suiza, con la muerte de numerosos jóvenes, es un ejemplo estremecedor. Más allá del dolor de las familias y de la comunidad directamente afectada, muchas otras personas, especialmente jóvenes, pueden experimentar un fuerte impacto emocional: es fácil que se produzca una identificación lógica con las víctimas y que, a partir de este momento, sientan un mayor miedo a salir, se sientan inseguros en ciertos espacios cerrados o experimenten una sensación de injusticia difícil de digerir. Es importante diferenciar entre una reacción emocional normal y un trastorno. Ante hechos de esta magnitud, sentirse conmocionado, triste o inquieto es esperable y saludable. Hablamos de trastorno cuando estas reacciones se intensifican, se cronifican o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana : hablamos entonces de una incapacidad para funcionar, de una evitación persistente, de revivir constantemente el suceso o de un profundo malestar emocional sostenido. Reconocer el trauma colectivo no significa patologizar el dolor, sino legitimarlo. Y también es importante recordar que la salud mental no es solo individual: se construye y se repara en comunidad. En un mundo sacudido por grandes emergencias, el cuidado emocional es, cada vez más, una responsabilidad compartida.
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